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Sant Martí del Canigó, FRANCIA. Una joya del románico del Pirineo.

Visitar la Abadía de Sant Martí del Canigó era uno de los objetivos primordiales de esta escapada de fin de semana por el sur de Francia que nos ha llevado a disfrutar de una parte del bello patrimonio que atesora el departamento de los Pirineos Orientales, además de proporcionarnos una buena jornada de esquí en las pistas de Fontromeu.

Ya hace unos años visitamos la zona, y en aquella ocasión nos acercamos hasta el vecino monasterio de Sant Miquel de Cuixà, otra joya del románico. Esta vez, sin embargo, la visita a la abadía de Sant Martí del Canigó es, si cabe, más emotiva incluso.

EL CANIGÓ COMO MITO NACIONAL CATALAN

Sant Martí del Canigó se encuentra a los pies de una de las más emblemáticas montañas de Catalunya, el macizo del Canigo, de 2784 metros de altura sobre el nivel del mar y cuya primera ascensión se atribuye a Pedro el Grande, conde de Barcelona y rey de Aragón y Valencia. El Canigó se convierte en símbolo del catalanismo, bastante más tarde. La nación ha sido dividida por motivo del infausto Tratado de los Pirineos de 1659 que puso fin a la guerra de los Treinta Años. Felipe IV de Castilla negocia el tratado a espaldas de las Cortes Catalanas y el Roselló pasa a formar parte del Reino de Francia, en una herida que jamás ha cicatrizado.

Durante la Reinaxença, el movimiento cultural que acontece en Catalunya a partir del siglo XIX, el Macizo del Canigó se convierte en un símbolo, en una suerte de Monte Ararat para la nación catalana, siendo varias las canciones populares y los poemas que hablan de la belleza, casi onírica, de una montaña que se convierte en sagrada. En este sentido, cabe destacar el poema épico Canigó de Jacint Verdaguer, uno de los textos más importantes de la Reinaxença y donde el poeta de Folgueroles describe el mito del Conde Tallaferro ambientado en las montañas del Pirineo y, en concreto, en el macizo del Canigó.

LA ABADÍA DE SANT MARTÍ DEL CANIGÓ. BREVE HISTORIA.

Explica la historia (o la leyenda) que Martí era un oficial del ejército romano que se preparaba para recibir el sacramento del baptisterio, en 330. Una noche de invierno topa con un pedigüeño medio desnudo. Martí, haciendo caso de las sagradas escrituras, divide en dos su capa para tapar al mendigo. Martí, que parece haber visto la luz, se convierte a la vida monacal fundando el que pasará a ser el primer monasterio de la Galia. Su carrera eclesiástica se culmina siendo proclamado obispo de Tours. San Martín o Sant Martí es conocido como el apóstol de las Galias.

Pero la historia de la abadía de Sant Martí del Canigó es bastante posterior, desde luego. Es sobre el año 1000 cuando el Conde de la Cerdanya y el Conflent, Wifredo II, decide fundar un monasterio benedictino por estos lares, bien cerca del Monasterio de Sant Miquel de Cuixà, que es algo anterior. Wifredo cede las tierras para la construcción del cenobio pero también otras que se utilizarán para ser arrendadas y servir de sustento a la comunidad monástica, puesto que las tierras donde se construirá el monasterio no son especialmente fértiles. La abadía de Sant Martí del Canigó es consagrada en 1009 y la comunidad monástica se mantiene en el cenobio durante 774 años, hasta que en 1783 los últimos monjes abandonan Sant Martí, que ya en aquél momento amenazaba con la ruina.

La abadía de Sant Martí del Canigó duerme el sueño de los justos durante más de 100 años. El pillaje se sucede y el abandono es total. Sin embargo, el poema épico de Jacint Verdaguer, Canigó, hará reverdecer el interés por el antiguo cenobio. A partir de principio del siglo XX se acometen las primeras obras de restauración, que serán prácticamente continuas durante todo el siglo XX.

Incluso, a partir de 1988 la comunidad monástica regresa al cenobio. En este caso se trata de la comunidad mixta de las Bienaventuranzas, que siguen siendo, en la actualidad, quienes ocupan y se encargan del mantenimiento de Sant Martí del Canigó, así como de mantener la llama litúrgica en la iglesia del monasterio y de mostrarlo a los visitantes. Las Bienaventuranzas es una comunidad católica fundada en 1973 y reconocida por derecho pontificio en 2002, aunque no exenta de polémicas varias, incluidas algunas denuncias de comportamiento sectario. Las Bienaventuranzas son, además, una comunidad que reúne a fieles con diversos estilos de vida (desde sacerdotes y monjas a solteros y casados). Y es que, en realidad, las Bienaventuranzas fueron fundadas por dos matrimonios. Esta mezcla tampoco coincide, exactamente, con los designios de la iglesia oficial, por lo que han sido objeto de no pocas críticas.

Para visitar Sant Martí del Canigó hay que acercarse en coche hasta la población de Casteil, donde debe dejarse el vehículo. De aquí sale un empinado sendero que en poco más de media hora acerca a los visitantes hasta el cenobio. El paseo, entre encinares, es muy agradable, aunque la subida es bastante escarpada. Existe la posibilidad de subir en 4×4 si se contrata el servicio, pero no en coche particular.

VISITA A SANT MARTÍ DEL CANIGÓ. CLAUSTRO, CRIPTA Y CAMPANARIO.

La visita a la abadía de Sant Martí del Canigó, uno de los máximos exponente del románico del Sur de Francia, tiene una duración de una hora y se realiza acompañada de una de las hermanas de la comunidad. La visita es profusa en detalles históricos y artísticos y nos enseña los cambios y restauraciones sufridas por el cenobio cuyo estado de conservación, previo a las restauraciones, era francamente lamentable. La falta de suficientes contrafuertes empujaba la estructura hacia el precipicio del cual parece suspenderse el monasterio. Es por ello, que el claustro tuvo que ser reestructurado, abriéndose uno de los laterales, en forma de galería, que permitió aligerar el peso de la estructura. Así mismo, los diversos capiteles y columnas dispuestos en los claustros originales (que eran dos, uno superior y uno inferior) fueron reubicados en esta galería inferior que se dispone en el claustro. El techo del claustro tampoco es original, pues la bóveda de cañón primitiva ha dado lugar a una estructura de madera.

La distribución, aunque no sea la original, es francamente bella y nos permite disfrutar de algunos de los más bellos capiteles del románico del sur de Francia. Llama la atención la coloración rosácea de estos capiteles historiados, producto del color rosado típico del mármol de la región.

El jardín interior del claustro, está sembrado de césped. Los rigores del invierno no nos permiten disfrutar de los rosales que los suelen poblar en primavera.

Visitado el claustro de Sant Martí es momento para conocer la iglesia. O mejor dicho, las iglesias, pues son 2 las que encontramos en la abadía y que son conocidas como iglesia inferior y superior. Hay que decir que este no es, desde luego, un caso único en la historia del arte religioso. Otros casos similares son las famosísimas Sainte Chapelle de París o la Basílica de la Santa Sangre de Brujas. Sin embargo, el caso de Sant Miquel de Cuixà es uno de los más primitivos que se conservan. Y, en concreto, la iglesia inferior, que representa uno de los ejemplos más bellos de primer románico, pues data de los albores del segundo milenio. Se trata de una iglesia de tres tramos que reposan sobre 6 columnas.

Curiosamente, observamos como algunas de las delicadas columnas graníticas monolíticas debieron ser convertidas en más robustos pilares de obra, cuando fue edificada la iglesia superior. Esta iglesia inferior, donde algunos de los abades recibieron sepultura, pasó a hacer las funciones de cripta con la construcción del segundo templo.



Y la vedad es que la Iglesia superior es de una delicadeza sin igual. Una verdadera pena que no se nos permita fotografiarla, pues se trata de uno de los más bellos ejemplos del románico catalán y que, además, se ha podido conservar tal y como era hace ya 800 años. Se trata de una iglesia de planta basilical que se cierra por tres ábsides que son observables desde el exterior. Diez columnas y dos pilares son los responsables de mantener la bóveda de cañón que cierra este templo, que es una de las joyas de Sant Miquel del Canigó.

Al salir de la iglesia podemos disfrutar del bellísimo campanario, que sin tener la esbeltez de los que podemos encontrar en el Valle de Boí, por ejemplo, sí que presenta la característica ornamentación lombarda producto del trabajo de los artesanos procedentes de aquella región del norte de Italia y que tanto embellecieron las iglesias del románico catalán.

Justo enfrente del campanario, en el piso superior del claustro, se encuentra la tumba del que fue el fundador del cenobio, Wifredo II de Cerdaña. El conde, se retiró a Sant Martí del Canigó en 1035, teniendo tiempo de oficiar como monje del cenobio hasta que murió quince años más tarde. También su esposa fue enterrada en el monasterio, al lado de Wifredo. Sin embargo, sus cuerpos jamás se han encontrado.

No podemos terminar nuestra visita a la abadía de Sant Martí del Canigó sin subir al mirador que se encuentra al final del sendero que empieza a los pies del cenobio y que, tras cinco minutos de ascensión, nos proporciona una vista sin igual del monasterio. La visita a Sant Martí del Canigó, símbolo y emblema de la nación catalana, quedará, por siempre más, en nuestra memoria y en nuestro corazón.

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